La desaparición de Gabriel Mileca sacude a Río Gallegos y deja al descubierto un combo peligroso: desorganización, decisiones erradas y una alarmante falta de empatía. Así lo resume su esposa, Susana, con una frase que duele: “Es una agonía que no se la deseo a nadie, ni a mi peor enemigo”.
Gabriel, deportista, amante del agua y trabajador con años de trayectoria en Vialidad y Guardapesca, atravesaba un momento emocional complejo. La familia buscó ayuda por todos lados hasta que, por recomendación profesional, decidió internarlo en el Centro de Salud Mental. Lo que debía ser cuidado terminó en pesadilla.
“Lo entregué para que me lo cuiden y hoy hace días que está desaparecido”, lanzó Susana, sin vueltas.
Uno de los puntos más graves: Gabriel no se escapó. “Salió por la puerta”, aseguró su esposa. Según su relato, se retiró por una puerta de emergencia, pese a tener una consigna asignada. No hubo forcejeo ni fuga de película. Hubo abandono.
A eso se suma otra denuncia pesada: nadie supo decirle qué medicación le habían dado ni en qué estado estaba. Desprolijidades que, según la familia, marcaron el inicio de un desastre evitable.
El último rastro concreto llegó por un taxista que lo llevó hacia la zona costera norte. Desde ahí, nada. No hay videos confiables, no hay certezas. Solo versiones cruzadas y una familia que sigue buscando.
Cansados de la lentitud, los propios familiares salieron a rastrillar. Incluso terminaron demorados por la Policía Federal en zonas cercanas a la Fuerza Aérea. “Nos trataron como delincuentes”, relató Susana. Sirenas, patrulleros, falsas alarmas… y la angustia de tener que volver a casa con una hija de 11 años y ninguna respuesta.
También apuntó contra la falta de coordinación oficial: sobrevuelos, drones y voluntarios fueron gestionados por ella misma. “No puede ser que dependamos solo de la solidaridad”, dijo, aunque agradeció el apoyo de runners, pescadores, grupos 4×4, Guardapesca y vecinos que no miraron para otro lado.
Detrás de todo, aparece otra herida: la situación laboral de Gabriel, relegado tras un cambio de gestión. “Lo único que él quería era trabajar”, contó su esposa. Para la familia, ese golpe fue parte del quiebre emocional.
Mientras el viento patagónico sigue barriendo la costa, la pregunta sigue en el aire: qué falló y quién debía cuidar. En el centro, una familia que no baja los brazos para encontrar sano y salvo a Gabriel.

