Rutas nacionales destruidas, combustible cada vez más caro y un reclamo que apunta directo a Nación. Este sábado, Juan Pablo Luque, junto a diputados de Unión por la Patria, pidió que se liberen los fondos del impuesto a los combustibles destinados al mantenimiento vial. ¿El dato incómodo? La plata está, pero las rutas siguen más rotas que promesa de campaña.
El tema de las rutas nacionales destruidas ya no sorprende a nadie en la Patagonia. Lo que sí empieza a hacer ruido (y fuerte) es que mientras el impuesto a los combustibles no para de subir, el estado de las rutas parece sacado de un videojuego en modo “hardcore”: esquivar pozos o perder.
Juan Pablo Luque lo dijo sin vueltas:
“Las rutas nacionales están destruidas y no es falta de recursos: es una decisión política”.
Y no fue solo un post para juntar likes: detrás hay una nota formal presentada al ministro de Economía, Luis Caputo, firmada también por legisladores de distintos puntos del país.
Rutas nacionales destruidas y una caja que no aparece
El reclamo tiene un eje claro: la plata del impuesto a los combustibles debería ir al mantenimiento de las rutas. Punto. Pero según lo planteado en la nota, eso no está pasando.
Para entender el enojo, van algunos números que duelen más que un bache a 100 km/h:
- En 2024, el impuesto a los combustibles recaudó $2,5 billones, un aumento de más del 378% respecto a 2023.
- En 2025, la cifra trepó a $4,8 billones, con una suba interanual del 92,2%.
- Es uno de los impuestos que más creció en el país.
Hasta ahí, uno diría: bueno, al menos se va a ver reflejado en rutas más seguras. Spoiler: no.
Según los datos incluidos en la presentación, el Sistema Vial Integrado (SISVIAL) debería haber recibido:
- $360.238 millones en 2024
- $692.514 millones en 2025
- Cerca de $124.400 millones en lo que va de 2026
Pero la realidad es otra película.
La plata está… pero no en el asfalto
En 2024, los ingresos efectivos al SISVIAL fueron menores a lo esperado, y lo más llamativo es el destino de esos fondos. Parte de la plata terminó en colocaciones a plazo y solo una porción mínima se usó para lo que realmente importa: mantener las rutas.
Traducido al criollo: pagamos más en el surtidor, pero esa guita no vuelve en rutas en condiciones. Un clásico argentino, pero versión “infraestructura vial”.

La propia nota lo dice sin maquillaje: hay un “apartamiento del destino de los recursos” que termina bloqueando el objetivo original del impuesto, que es sostener, conservar y mejorar las rutas.
Chubut, el ejemplo que nadie quiere tener
Si hay un lugar donde el concepto de rutas nacionales destruidas se siente en carne propia, es Chubut. Y Luque lo puso sobre la mesa sin filtro.
Las rutas 3, 40 y 25 están en un estado crítico. No es exageración ni metáfora: son un peligro real para quienes las transitan todos los días.
En una provincia donde las distancias son largas y el auto no es un lujo sino una necesidad, el deterioro vial pega directo en la vida cotidiana. Viajar no solo es más incómodo, también es más inseguro.
Y ahí aparece la bronca lógica: si el combustible sale cada vez más caro, ¿por qué las rutas parecen cada vez más abandonadas?
“Pagamos más, pero tenemos menos”
El mensaje de Luque fue directo, casi con tono de hartazgo: “Pagamos un costo cada vez más alto por el combustible, merecemos tener rutas transitables”.
El planteo no es nuevo, pero suma volumen político al estar acompañado por diputados como Victoria Tolosa Paz y Guillermo Michel, entre otros. No es un reclamo aislado, es una queja que empieza a repetirse en distintos puntos del país.
Y hay algo que queda claro: el problema no es la falta de recaudación. Los números muestran todo lo contrario.
Rutas nacionales destruidas: ¿decisión o desidia?
La discusión de fondo ya no es técnica, es política. Si los recursos existen pero no se usan para lo que fueron creados, la pregunta cae de madura.
¿Es una decisión de gestión? ¿Una reasignación de prioridades? ¿O simplemente desidia?
Mientras tanto, en la Patagonia el panorama sigue igual: rutas rotas, viajes más largos, más riesgos y la sensación de que manejar es una especie de deporte extremo.
Porque sí, el viento nos odia… pero el asfalto tampoco ayuda.
