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Comodoro Rivadavia

El desesperado pedido de Brian: “Necesito que me internen para salir de la calle»

Brian en la calle no es una metáfora: tiene 28 años, duerme en los bancos del Hospital Regional y pide algo básico pero urgente—internación para salir del consumo y la intemperie. Lleva cuatro años así, entre desalojos, frío y burocracia. No pide plata ni comida: pide dejar de ser invisible antes de que el invierno pase factura.

Brian Vargas tiene 28 años y una rutina que no figura en ningún planner: dormir donde pueda. Cuando hay suerte, encuentra un banco en la sala de espera del Hospital Regional. Cuando no, la calle a secas. Y cuando aparece seguridad, lo desalojan.

La escena se repite como loop. Noche, frío, banco, desalojo. Y así, cuatro años. En una ciudad donde el viento ya te complica la vida, dormir afuera no es una opción: es supervivencia en modo extremo.

“No pido dinero ni comida”, dice. “Necesito que me internen”. La frase cae pesada, porque no es un capricho: es una salida. O la única que ve.

En la esquina de Rivadavia y Güemes, lo cuenta con una mezcla de cansancio y urgencia. Pidió lugar en el Centro de Día (“el 8”), presentó notas “en todos lados”, pero nadie se hace cargo. Traducción libre: papeles que van, papeles que vienen, y la vida en pausa.

Su historia tiene un punto de quiebre claro: la muerte de su tía y su abuelo. Ahí se rompió algo. Se alejó de su entorno y empezó una espiral que lo llevó directo a la calle. Y la calle no viene sola.

Llegaron las drogas, los conflictos y hasta pasos por la alcaidía por robo e incendio. Un combo que suele terminar mal. En su caso, hubo un momento que lo sacudió: una amenaza policial. “Una vez me dijeron ‘te vamos a hacer desaparecer’ y eso me hizo pensar que tengo que cambiar”, cuenta.

No es épica, es supervivencia. Y en ese contexto, pedir internación no suena a encierro, suena a rescate.

El frío en Comodoro no es un detalle de color. Es protagonista. Y cuando no tenés techo, se vuelve enemigo directo. Brian tiene una manta y trabajos informales para tirar: hoy reparte panfletos para un circo; antes limpiaba vidrios. Lo que salga. Lo que alcance.

Con las temperaturas bajando, cada noche pesa más. No hay cocina, no hay baño, no hay cama.

“Es re feo porque no hay comida, no hay nada. Lo que todos tienen en su casa, yo no lo tengo”, dice. Suena obvio, pero no lo es cuando te toca: lo básico deja de ser básico.

Sobre la prohibición de trapitos y limpiavidrios, Brian no se hace el distraído. “Creo que la ordenanza está bien”, admite. Y marca una diferencia: muchos con los que se juntaba “hacían plata y después descontrolaban”. Él quiere otra cosa. O, al menos, dice que la quiere. Y en este punto, la intención importa.

Porque en medio del caos, elegir cambiar ya es una decisión. El problema es qué pasa después de esa decisión.

Acá aparece el verdadero nudo: la burocracia. Brian quiere internarse, pero no encuentra cómo. Pide, insiste, presenta notas, y el sistema responde con silencio o con puertas cerradas. Un limbo donde nadie dice “no”, pero tampoco aparece el “sí”.

Sin techo, fue expulsado de la vecinal del barrio Máximo Abasolo. Sin acceso a servicios básicos, su día a día depende de lo que consiga y de la ayuda de algunos vecinos que todavía se acercan.

Mientras tanto, sigue orbitando el Hospital Regional. Como si estar cerca de un lugar de salud fuera lo más parecido a tener una oportunidad.

“Yo me quiero internar, quiero dejar de estar en la calle”. La frase no tiene vueltas. Tampoco maquillaje. En un contexto donde muchas veces se discute si alguien “quiere cambiar o no”, Brian pone la voluntad sobre la mesa. Lo que falta es la respuesta.

Fuente: Diario Crónica

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