En Comodoro hay historias que el tiempo no logra cerrar. El caso de Nicolás Capovilla es una de ellas. Pasaron diez años y la pregunta sigue intacta: ¿qué pasó con el tipo que salió a correr una noche cualquiera y desapareció sin dejar rastro?
La noche del martes 26 de enero de 2016, Nicolás, de 35 años, hizo lo de siempre: se calzó la ropa deportiva, agarró su mochila de hidratación y salió a trotar por el centro. Vivía en una construcción en el patio de la casa familiar, con acceso compartido con la vivienda de su madre y de su hermana, Cecilia.
Minutos después de las 21 cruzó al patio para pedir yerba. Quedaron en verse más tarde. Cecilia escuchó música desde su casa hasta cerca de las 22. Después se fue a dormir. Fue la última vez que supo algo de él.
A la mañana siguiente, todo estaba cerrado. Nada raro. Nicolás solía dormir hasta tarde y correr de noche. Pero cuando volvió del trabajo, el silencio ya no era normal.
Una casa intacta y un vacío imposible de explicar
La puerta estaba sin llave. Adentro, todo igual: cama hecha, ropa ordenada, cero signos de pelea o desorden. En la mesa estaban el celular, la billetera y la documentación. No faltaba nada. Nadie había entrado. Nadie había salido.
Nicolás simplemente no estaba.
La familia activó la búsqueda de inmediato. Amigos, conocidos, contactos. La casa fue peritada. Nada. Ninguna pista firme. Ninguna hipótesis que cerrara. El expediente empezó a llenarse de hojas, pero no de respuestas.
La única imagen: una cámara y una hora maldita
Recién ocho meses después, en septiembre de 2016, apareció lo único concreto del caso.
Una cámara de seguridad privada, en calle Sarmiento, a apenas tres cuadras de su casa, lo captó trotando a la 1:15 de la madrugada del 27 de enero.
La familia no dudó: era él. La contextura, la forma de correr, la mochila. Nicolás había salido a correr. Después de esa imagen, la nada absoluta.
Las cámaras públicas no funcionaban o no guardaban registros. No se pudo reconstruir el recorrido. El rastro se corta ahí, como si Comodoro se lo hubiera tragado.
Sin sospechosos, sin hipótesis y con el tiempo jugando en contra
En estos diez años no hubo secuestro confirmado, ni accidente, ni delito probado. Se analizaron datos, llamados anónimos, se enviaron fotos a comisarías de todo el país. Todo terminó en callejones sin salida.
Hoy sigue vigente una recompensa de 3 millones de pesos, ofrecida por el Ministerio de Seguridad de la Nación, para quien aporte información que permita saber qué pasó con Nicolás.
Un nombre que no se borra
El caso Capovilla es de los que no dejan dormir tranquila a la ciudad. Su cara reaparece cada año en afiches, marchas y redes sociales, junto a otros nombres que tampoco tuvieron final.
Diez años después, la familia sigue buscando. Y Comodoro sigue debiéndose una respuesta.
Porque Nicolás salió a correr por el centro.
Porque no volvió.
Y porque en una ciudad chica, nadie pudo —o quiso— ver nada
Fuente: Diario Crónica

